domingo, 8 de agosto de 2021

Una Tabernera de exteriores

El pasado domingo 11 de julio tuve la oportunidad de asistir a la última representación de La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal, la zarzuela que nos han propuesto dentro de la programación de los Veranos de la Villa. Fue gratificante volver, desde el año pasado -justo tras el arresto domiciliario al que estuvimos sometidos-, al Centro Cultural Conde Duque en cuyo Patio Central, con el frescor de la noche madrileña, este ciclo ha programado el único título de género lírico español de una forma bastante loable y digna de elogio. La ubicación del escenario y de las incómodas sillas de plástico difería de la del año pasado, cuando pude presenciar a la magnífica Compañía Nacional de Danza de Joaquín de Luz en cuatro coreografías así como una versión libérrima de La corte de Faraón que dio auténtica vergüenza ajena, reseñadas ambas por mí para la revista Mundoclasico. En esta ocasión en cambio, todo se desplazó al lado derecho del enorme Patio, lo que ha reducido en parte, a mi parecer, la longitud del escenario. Se hizo uso de proyecciones al fondo del escenario -con el ladrillo descubierto- utilizándolas en modo créditos de película y se reservó un espacio bastante amplio para la orquesta sinfónica que tocó estas 5 funciones de julio.

Si ha existido una compañía de zarzuela que ha hecho historia, esa es la Compañía Lírica Amadeo Vives, la que fundara el ínclito José Tamayo en los años 60 y de la que formaron parte tantos ilustres cantantes que han dado gloria y honor a la zarzuela, muchos de ellos ya tristemente desaparecidos. Y esa ha sido, andando los años, la que, aún existente, ha tomado la iniciativa de montar esta Tabernera en Conde Duque, bajo la dirección de escena del no menos admirable (por lo que ha hecho por el género) Antonio Ramallo, que, pese a venir mal dadas para las compañías privadas de zarzuela, ha aparecido después de mucho tiempo cuando le han dejado y el presupuesto ha acompañado, como ha sido el caso en el Ayuntamiento de la Villa y Corte. Ramallo nos ha servido el que para mí es uno de los mejores títulos del músico donostiarra, con la elegancia, la inteligencia, el realismo y la sencillez de la vieja escuela, sin apostar por grandes alharacas técnicas ni escenográficas, que por cierto el escenario presente no permitía ni por asomo, y que sirvió Carlos Carvalho en su sencillo pero efectivo diseño. No, señores, no estamos en el Teatro de la Zarzuela. Sí que hay un juego de luces que resulta llamativo aunque no espectacular en el dúo del tercer acto de Leandro y Marola, en el momento del naufragio de la barca.

En el reparto se ha congregado lo mejor que había para sacar adelante este prodigio de música y teatro obrado por Sorozábal y Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw a escasos tres meses del estallido de la Guerra Civil Española. A la juventud se ha unido la veteranía más absoluta consiguiendo una función redonda, pese a la necesaria amplificación de las voces en un espacio tan abierto, siempre molesta y con algún fallo aislado en el sonido. La soprano Ruth Terán, en una idónea adecuación para el papel, compuso una Marola muy equilibrada a nivel actoral, con su punto de abnegación y una desenvoltura escénica de enorme seguridad. Vocalmente, realza al personaje gracias a su limpísimo timbre de lírico-ligera, con agudos siempre firmes y una línea de canto elegante a la que acompaña una muy afortunada dicción. Ya está tardando, pues aún no lo ha hecho, el coliseo de la Calle Jovellanos en contratar a esta estupenda cantante y actriz que debería estar en los primeros repartos de muchas producciones líricas, tanto en Madrid como en otras temporadas de zarzuela, y de ópera, pues nos consta que borda roles como el de Musetta, que le viene muy bien a su ya consolidada vocalidad, todavía ayuna, no obstante, de oportunidades en los grandes teatros españoles. Vendría muy bien apostar por talentos como el de Terán, a la que deseamos la mejor de las carreras artísticas, porque sin ninguna duda llegará lejos.

El Leandro del tenor Sergio Escobar se beneficia en todo momento del bello color del cantante, que aportó expresión a la romanza "No puede ser" y firmeza a los momentos más dramáticos. Sin poseer una voz grande y caudalosa, el toledano defiende su papel con holgura y dignidad. Tanto él como Terán brillaron en sendos dúos. El barítono César San Martín es otro excelente cantante que solemos verle bastante por el Teatro de la Zarzuela, y el Juan de Eguía es un personaje que le viene como un guante, pues su centro vocal luce a través de los claroscuros que Sorozábal destina para él, desde el manejo de las frases rápidas en la chispeante "La mujer de los quince a los veinte", hasta la romanza final ", abordada con generosa entrega que recompensó el público. Con su cavernosa voz, el bajo Carlos London se mete en la piel de Simpson con la astucia y el ingenio de otro gran hombre de teatro. 

En el apartado de secundarios, hay que destacar las tablas de la actriz-cantante Amelia Font dando vida a Antigua, a la que imprime su sello propio, el que define a la Tía Antonia de La verbena de la Paloma, que le da mucho juego pese a los fallos que tuvo su microfonía, que hacían que su voz no estuviera al mismo nivel que la de Chinchorro en el descacharrante dúo cómico del primer acto, interpretado por otro veterano que ha toreado en mil plazas, Rafael Álvarez de Luna, dando una lección de comicidad como la de los grandes nombres del pasado. En su sitio estuvieron el Ripalda de Karmelo Peña -muy bien actuado- y el Verdier de Isidro Anaya, y una grata sorpresa fue el Abel de Juncal Irastorza, una voz blanca que ha trabajado concienzudamente el papel. El maestro José Antonio Irastorza, un gran especialista que ha paseado la zarzuela por doquier, domeñó con esmero a una Orquesta de la Comunidad de Madrid que sonó a las mil maravillas, compacta y voluminosa en los fortes, y el reducido coro titular de la compañía se movió con naturalidad en sus cometidos. Un regalo que nos ha hecho Veranos de la Villa a los amantes del género que se ha disfrutado mucho, qué lástima que no se haya apostado por más zarzuela en Madrid. Porque nos quedamos con las ganas.


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