martes, 25 de julio de 2017

"Las bodas de Fígaro" en El Escorial, veleidades estéticas

Antes de recalar en la próxima edición de la Quincena Musical Donostiarra, esta producción del Festival de Spoletto de la ópera Las bodas de Fígaro, la primera de la trilogía Mozart-Da Ponte, ha llegado en dos únicas funciones al Teatro Auditorio de la localidad madrileña de San Lorenzo de El Escorial, como el plato fuerte de su festival de verano, en el que un año más ha apostado por un título lírico en su programación.


Y lo ha hecho con la régie de Giorgio Ferrara, que plantea una propuesta de corte minimalista, sin apenas decorados, donde diversos telones pintados enmarcan el escenario y el mobiliario va cambiando levemente en cada uno de los actos, dejando al espectador en muchas situaciones hacer volar su imaginación. No hay guitarra con la que Susanna acompaña a Cherubino en su aria del segundo acto, no hay armario donde el paje se oculta, y tampoco existe ventana por la que el joven enamoradizo se arroja al jardín, también inexistente. La impresión general que produce esta pintoresca puesta en escena de empolvados rostros es que, pese a su llamativo colorido y nada escaso movimiento escénico, lo intrincado de las situaciones teatrales, que hacen de esta deliciosa y genial ópera un galimatías en lo argumental, no se han visto resueltas con demasiada habilidad para hacerle más fácil la tarea al espectador.

Por otra parte, por lo exacerbadamente multicolor y colorista, algunos figurines rebasan lo estridente, como es el caso de los recargados trajes del Conde Almaviva, ocurrencias debidas a Mauricio Galante, responsable del vestuario, quizá con la pretensión de ridiculizar la pompa de este personaje, en ocasiones de estética casi “draculiana”. También llama la atención lo chillón de la peluca y el traje amarillos que viste la Condesa en su habitación, y lo chocante de los vestidos cuasi circenses, de colores verde y rosáceo, de Cherubino, tocado con sombreros en forma de cono.

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