viernes, 20 de mayo de 2016

Un brindis por la Zarzuela: entre copas anda el juego

La compañía privada Ópera Cómica de Madrid que lidera Francisco Matilla vuelve a arriesgar presentando con empeño en la capital española un nuevo espectáculo lírico de su cosecha en el escenario de la Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez (Centro Cultural de la Villa) titulado "Un brindis por la Zarzuela. La invitación misteriosa", ya estrenado previamente en otras ciudades españolas. En este caso el director de escena, con el apoyo de la producción ejecutiva de Concerto XXI NVivo, convoca diversos números de zarzuelas absolutamente inéditas y desconocidas de los Padres de la Zarzuela como Barbieri o Gaztambide, junto a otras más populares de autores como Fernández Caballero, Chapí o Vives; números sacados de su contexto original que van desfilando a la vista del espectador adquiriendo una nueva dimensión situacional para adaptarse a la trama de la nueva dramaturgia ideada.


La historia gira en torno a Roberto, un bon vivant que recibe la misteriosa invitación de un desconocido llamado "Marqués de Transilvania" para acudir a un baile de máscaras, la cual aprovechará en la ausencia de su esposa y de su amante. Allí, en la morada del Marqués, y bajo el amparo inicial de las máscaras, se desarrollarán una serie de enredos, equívocos y disparatadas situaciones con Alberto y Laura, primo y amiga de su esposa Adela, la propia Adela, Luisa (la amante de Roberto), así como con Ruperto, el criado del Marqués (que no piensa en otra cosa que en las copas de licor), el lunático pianista (que se protege con amuletos para combatir a los vampiros) y la inquietante presencia del extraño Marqués. Salvando todas las distancias, el espectáculo, tal y como está concebido, por lo vodevilesco de las situaciones planteadas y con el brindis como hilo conductor, parece sugerir el argumento o, más bien, tiende a ser un leve y cándido remedo a la española de la opereta El murciélago de Johann Strauss (hijo) sin mayores consecuencias.


Lo cierto es que aunque la trama pueda parecer ingenua y hasta simplona en ocasiones, el verdadero mérito está en conseguir hilvanar con facilidad fragmentos de diversas zarzuelas desconectadas entre sí para hacer avanzar la acción. De los números desconocidos seleccionados, la gran mayoría son de cariz cómico y hacen una verdadera exaltación, cual diversos tipos de brindis, al vino y a cualquier bebida alcohólica, lo que convierte a todo el espectáculo en un "apropósito", un simbólico brindis por la zarzuela como género musical con el aporte visual de un buen número de borracheras sobre el escenario protagonizadas en su mayor parte por el personaje del criado Ruperto en comunión con el vividor Roberto.

Así, se escuchan números de Robinson y El niño de Barbieri, El amor y el almuerzo y Una vieja de Gaztambide, Periquito de Ángel Rubio o La Calandria de Chapí, obras todas que demuestran que iban dirigidas en su época a un público ávido de diversión y entretenimiento; piezas que poseen músicas pegadizas y bailables, como mazurcas, valses o habaneras ("música rubia", citando a Amadeo Vives cuando aludía a la música de Pablo Luna, nos dicen en el programa de mano del espectáculo), y con textos de una profunda carga cómica que simpatizan y tienen mucho que ver con el imperante discurso finisecular del género chico. Así, estas obras contrastan con la seriedad de otras como La viejecita El cabo primero de Fernández Caballero o Bohemios de Vives, donde el elemento amoroso hace acto de presencia.


Estimo que quizá no es hacerle demasiado favor a nuestro teatro lírico el hecho de modificar los cantables originales (el hipotexto) en ciertas partes de los números vocales para adecuarlos a la nueva dramaturgia, totalmente novedosa, actual y contemporánea, ya que se desvirtúa el contenido real e irreemplazable de esos números que obedecen legítimamente a la dramaturgia del libreto primario del que forman parte. Es el caso aquí del "vals de la borrachera" de Château Margaux (planteado como una hipnosis del vampiresco "Marqués" hacia Luisa) o el dúo que cantan ambos de La viejecita, donde lo que en el original de Miguel Echegaray es una mujer (precisamente el también personaje de Luisa) descubriendo la verdadera identidad de su amante (el militar Carlos) disfrazado de anciana, se convierte aquí en el descubrimiento que experimenta Luisa (la amante de Roberto) de la mujer de éste: un travestimento a la inversa que antes del esclarecimiento de la identidad de Adela posee visos de cierto erotismo pero que al final adquiere tintes de reprimenda y lección a Luisa y Roberto, y por lo tanto, el nuevo “argumento” del dúo está desprovisto de carga amorosa alguna.

Con la precisa y atenta concertación de Sergio Khulmann, que da vida al excéntrico pianista, el reparto vocal posee voces muy jóvenes en su gran mayoría integrantes de la compañía Ópera Cómica, como las de las sopranos Irene Palazón, Sagrario Salamanca y Oihane Viñaspre, y las de los tenores Enrique Sánchez Ramos o Ángel Piñero, que defienden con rigor y estilo un repertorio que han perfeccionado gracias a la labor tras de sí de Francisco Matilla. La nota madura y veterana la pone el tenor Ricardo Muñiz, que a pesar de ciertos reparos en la afinación ciertamente insignificantes, realiza un exquisito papel del miedoso Alberto.

En definitiva, pese a la descontextualización musical, nos encontramos ante una oportunidad única para descubrir algunos números de zarzuelas desconocidas, y a la vez, pasar una velada teatral amena y divertida entre copa y copa brindando por nuestro género lírico.


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