sábado, 10 de marzo de 2012

Todos los gatos son pardos o "El Gato Montés" en el Teatro de la Zarzuela

Dos décadas llevaba el aficionado sin presenciar en el escenario del coliseo de la calle Jovellanos la ópera española más representativa del maestro Manuel Penella, desde la producción dirigida escénicamente por Emilio Sagi. Eso sí, esta vez se ha redescubierto desde una óptica escénica diametralmente opuesta por el director de escena José Carlos Plaza.


Y es que el señor Plaza parece que ha hecho suyo ese refrán popular que dice: "de noche todos los gatos son pardos". Y eso precisamente es lo que transmite en este montaje: oscuridad, color negro y ausencia de luz. En dos palabras: tinieblas impenetrables. Entendemos que quiera transmitir el mensaje trágico que subyace en la ópera, pero donde debería haber, se supone, un espléndido y floripondioso cortijo sevillano no me pinte usted un paisaje desértico extraído de cualquier cómic de Lucky Luke. Por acompañar a los tres escalones y al rugoso tronco de árbol que presiden el primer término del escenario sólo le habrían faltado un cactus y una calavera con las tibias cruzadas y ya tiene usted ingredientes para simular cualquier zona del Far West americano como Arizona. Pero no, amigo, se ha equivocado de paralelo y coordenadas, estamos en Sevilla: luz, alegría, color. ¿Le suena? No me vale el cuento de que no hay suficiente presupuesto, yo pienso que al Teatro de la Zarzuela sí que le queda para farolillos, guirnaldas, mesas y sillas.

Por otro lado, Plaza ha pretendido jugar a los símbolos con el público y ha planteado una escena de la corrida de toros donde el respetable tiene que imaginarse o intuir (si quiere, claro) todo lo que ocurre dentro del coso taurino (una especie de "adivina adivinanza"). Sólo se dejan entrever, bajo una oscuridad reinante (para variar): retazos de capotazos, colocación de un par de banderillas, una estocada y apariciones de la trompeta que anuncia la salida del miura, usando únicamente un pequeño punto en la izquierda del escenario. No busquen astas que no las encontrarán por ningún lado. Todo ello lo ha hecho colocando en primer término a los coristas-bailarines, de pie, sin gradas, percibidos a fogonazos por el incesante juego de luces y sombras (más de las segundas que de las primeras) a que somete la escena toda. Como digo, todo un alarde de simbología aplicada al arte taurino que puede gustar más o menos, pero que se disfrutaría mejor si se dotara al escenario de una mayor iluminación.

Un elemento escénico llamativo dentro de la sobriedad general del montaje es un recargado espejo con motivos taurinos bajado al comienzo del acto II, donde se mira Rafael el Macareno cuando se está vistiendo su traje de torero. Otros elementos añadidos con los que Plaza ha deseado acentuar bastante acertadamente el patetismo del acto II son unos cirios encendidos y la aparición por encima del escenario de una imagen supuestamente de una Virgen (¿de la Macarena?) llorando lágrimas de sangre. De la plaza de toros sólo se percibe la fachada exterior con un manchurrón rojo, simulando una gran mancha de sangre.

 

Uno de los ejemplos que encontramos donde más se hace evidente que se ha obviado o no entendido la literalidad del texto es la primera estrofa del famoso dúo del acto II que entona El Macareno:

¡Vaya una tarde bonita, 
que jase pa toreà!
Este só y esta alegría 
no se vé en ninguna parte
como aquí en Andalusía.
Bendita la tierra mía, 
donde é la noche má clara 
donde má lú tiene er día. 
¡Bendita sea mi tierra, 
bendita mi Andalusía!

que suena un tanto irrisoria bajo la boca de lobo en la que se le hace cantar.

Parte de los figurines no encajan muy bien con la ambientación de la ópera. Aunque a Rafael se le ha ataviado en el acto II con un traje de luces (de color negro, cómo no), el carácter de miseria generalizada se ha impuesto; por citar sólo un ejemplo: el recipiente mortuorio de Soleá en el acto III (dos palos de madera, cubierta con lo que parecía una lona) podría haberse cuidado un poco más. 


Los cantantes. Tenemos de todo, como en botica. Los tres primeros platos han sido: la soprano Ángeles Blancas, el tenor debutante Andeka Gorrotxategui y el barítono Ángel Ódena.

A Ángeles Blancas, poseedora sin ninguna duda de unas estupendas y sorprendentes dotes como actriz dramática, las características vocales que definieron a su madre, la gran Ángeles Gulín, se le presentan elevadas a la máxima potencia: la voz parece que surge de la nariz, es demasiado nasal, está tan excesivamente engolada que la dicción es enormemente dificultosa. En ocasiones, parece la suya una interpretación más gritada que cantada, como si en vez de cantar la Soleá de El Gato Montés estuviera dando vida a Tosca, a Santuzza o la Lou Salomé de Sinopoli que estos días ha llevado a escena en Venecia. Ininteligibles, no obstante, los niveles de maltrato físico a que someten a su personaje en el escenario tanto Rafael el Macareno como Juanillo el Gato Montés (la mayoría de las veces se las pasa tirada por el suelo). Ya sólo por esa falta de delicadeza de Plaza hacia ella se merece todo nuestro aprecio.

El jovencísimo tenor Andeka Gorrotxategui (que se presentó en el Teatro de la Zarzuela con el grato Concierto Lírico que protagonizó junto a Blancas y Marco Moncloa) es un nombre que muy seguro en los próximos años dará mucho que hablar como la gran voz de tenor del momento. Debutante en el Teatro como intérprete en una obra lírica completa, Gorrotxategui posee un bello timbre vocal de tenor lírico, muy varonil, pero quizá aún le falta el suficiente metal y caudal en la voz para dar vida a Rafael el Macareno; su voz en ocasiones no consigue elevarse por encima del torrente orquestal. Aun así, deslumbró grandemente su interpretación, y estuvo memorable en la brevísima plegaria que canta su personaje en el acto II, antes de la escena de la plaza de toros, o en los dúos con Soleá. Entusiasmaría que el Teatro le fichara para futuras producciones.

El que sin duda se llevó "el gato al agua" de la noche fue el barítono Ángel Ódena, nunca mejor dicho, como el personaje titular. Un papel relativamente breve el suyo y de escasa entidad vocal, comparado con los otros, pero de una gran fuerza expresiva y dramática, que Ódena sabe acometer con una voz estupendamente impostada, muy firme. También delicada en los momentos en que lo requiere (lamento del acto III sobre el cadáver de Soleá).


En los personajes secundarios destacar a Rubén Amoretti como un perfecto Padre Antón: voz de bajo-cantante muy bien timbrada y una feliz recreación cómica del personaje en el acto I, dotándole del suficiente gracejo y salero al leer la crónica taurina sobre El Macareno que trae en sus páginas El Heraldo de Madrid, donde debe emitir muchas semicorcheas (al estilo de las arias encomendadas a los bajos bufos rossinianos), número plagado de terminología taurina; la soprano Milagros Martín ha sorprendido por su magistral recreación de uno de sus primeros papeles de característica que ha aceptado hasta el momento: la señá Frasquita (madre de Rafael), muy dramática y con un destacable registro grave. El Hormigón del barítono Luis Cansino también poseyó el toque cómico que requiere este amable personaje de picador, y la gitana de la mezzosoprano Mari Fe Nogales lloriqueó más que cantó su vaticinio funesto en la mano de Rafael, "plañiderismo" un tanto exagerado. En general todos los cantantes han sabido adoptar las características fonéticas del dialecto andaluz que requiere el texto.

Por su parte, todos los partichinos han sido encomendados a componentes del Coro del Teatro de la Zarzuela, ya se sabe, cosas de la crisis, hecho que supone una óptima alternativa; destacamos de entre ellos a la soprano Milagros Poblador como el Pastorcillo que recita la coplilla fatídica de cuatro versos. Encantadores como gitanillos los miembros de los Pequeños Cantores de la JORCAM en el número del garrotín del I acto, y enhorabuena a su directora, Ana González.

El ballet de la bailaora y coreógrafa Cristina Hoyos se ha utilizado en el garrotín del acto I, el Intermedio y la escena de la plaza de toros, entre otras. En general queda muy vistoso y pintoresco, pero creo exagerado que unos pases de baile flamenco se empleen en momentos donde no son estrictamente necesarios (la música habla bien por sí misma); no se trata de establecer el planteamiento a lo José Luis Moreno, donde a los Preludios e Intermedios de zarzuela siempre se les incrusta ballet, adorno a mi parecer superfluo. Sorprendente que se haya implicado a la propia Blancas como bailarina en la coreografía del Intermedio, es extraño apreciar que a algún cantante principal se le exijan también pases de danza.

El maestro Cristóbal Soler como siempre da una lección musical en el conocimiento absoluto de la partitura de su paisano Penella, sabiendo imprimir el carácter verista de la obra en el manejo de su poderosa y rica orquestación. Ha parecido que, en la escena de la corrida de toros, la parte del pasodoble se ejecutaba en playback, debido a su lejanía acústica proveniente del interior de la plaza.

En fin, una tarea harto arriesgada la de ponerle el cascabel a este Gato, pero que con el trabajo conjunto se ha podido rematar bien la faena.

Por una vez asistí a la función que retransmitía en directo Radio Clásica, así que aquí va el audio de la representación.

Fragmentos de la producción

4 comentarios:

araceli socorro dijo...

ME QUEDO ANONADADA CON LA CANTIDAD DE OPERA QUE CONOCES. LA CRÍTICA SE HACE LARGA PARA ALGUIEN QUE NO CONOCE EL MUNDO DE LA MÚSICA EN PROFUNDIDA, SUPONGO QUE PARA UN AFICIONADO A LA OPERA, ZARZUELA, ETC, EL COMENTARIO ES PERFECTO.LA PLASTICIDAD QUE ECHAS EN FALTA EN LA AMBIENTACIÓN ME PARECE GENIAL,EL SUR ES ALEGRIA, COLOR Y LUZ, NO PODEMOS CANTAR EN TINIEBLAS.

Soyfotero dijo...

Coincido contigo especialmente a lo que comentas sobre la escenografía, hay un detalle de la misma que aun me quita el sueño: cuando aparece en escena esa inmensa cara de la virgen ¿? o de lo que fuese, cada vez que lo recuerdo me dan escalofrios. En cuanto a la parte vocal me quedo con el gato - Angel Odena - espectacular cómo sonó, barrio al macareno que en algunos momentos sucumbia ante una estupenda orquesta. Una duda: la parte en que suenan los pasodobles, cuando la "plaza" esta en la escena, entiendo que había una banda justo debajo de la misma, dado que Cristóbal Soler dirigía a pesar de los que músicos estaban con las manos sobre los instrumentos. No quiero pensar que fuese un cd..... aunque en la llegada de el macareno, al inicio de la opera, sono por los altavoces el trote y los cascabeles de un caballo....
Un saludo

Herman dijo...

Muchas gracias por tu comentario, Soyfotero.

La verdad es que no percibí claramente si Soler dirigía cuando se tocaba la parte del pasodoble. Lo que sí noté es que sonaba como muy internamente, con lo que pienso que de estar tocándose en directo, cosa que no puedo asegurar del todo, el sonido podría provenir de dentro de esa "plaza"; aunque no descarto que sea un playback como esos sones de caballería que mencionas cuando entra Rafael, que asustan un poco, la verdad.
Saludos.

Mocho dijo...

Buenas tardes, Herman.

No he ido a ver este Gato Montés porque no es una partitura que me apasione particularmente y porque me temía la negrura y oscuridad vistos los vídeos previos.

Ya sabes, en España no se puede escenificar zarzuela de una manera tradicional porque "queda hortera y antiguo". Así que ante cualquier atisbo de folklorismo se tiende a ir hacia el lado opuesto: todo oscuro y "dejemos que el drama lo ilumine todo".

Se evita el casticismo (véase la última Francisquita) o se camufla (el Barberillo).

Y al que le guste, se le acusa de cateto.

Otro tema son los maniáticos con lo de "hay que respetar lo que el maestro escribió". Yo creo que mientras la puesta tenga cohesión dramática me da un poco igual que cuando dice espada salga una piruleta, pero sé que hay muchos aficionados que eso no lo toleran.

Sobre la corrida de toros, la última vez que se representó El Gato Montés en Madrid la imagen fue sencilla pero demoledora: una fotografía de una plaza que al final se tiñe de rojo. Por cierto que el pasodoble estaba grabado, sonó dentro de la escena.

Los comentarios insultantes. No los borres, hombre. Por supuesto que afectan, sobre todo porque uno escribe algo con toda su buena intención y llega el primer gilipollas de turno (anónimo, por supuesto, pero... ¿no nos escondemos todos bajo seudónimos?) a joderlo o a soltar la gracia. Pero con el tiempo se va mitigando.

Te puedes imaginar las que tengo yo montadas tanto en mi blog personal como en el de ópera, sobre todo cuando suelto perlas como que a Tristán e Isolda le pegaría unos buenos tijeretazos.

La mejor manera de cortar a los trolls anónimos es darles la razón muy seriamente. Tiene Vd. toda la razón, señor mío, y a continuación ignorarlos.

Perdona el rollo y... buen finde :)